El espíritu Kraemer 1875 - 2015

Kraemer es ante todo una historia que cumple 140 años este año. Cuando se les visita, no se está en una casa de comercio, ni en una galería de arte: se está en su casa. ¿No se dice, acaso, que se va “a casa de los Kraemer ” sin que el interlocutor sepa de qué miembro de la familia se trata porque forman un tal conjunto, y sin que se diferencie entre los apartamentos de gala y los de comodidad? Pasaba lo mismo con los palacios llamados particulares del barrio Monceau en aquellos tiempos en los que los hermanos Péreire sugirieron a los Camondo que se instalaran allá.

Aquí, entre las paredes del 43 de la calle de Monceau, el palacio de los Kraemer es un escriño que cuenta tanto como la joya; pero cuando ésta se emancipa y lo abandona, uno se alegra porque va a vivir su vida y encontrar otro resplandor. Aquí, es la familia la que recibe, nadie más que un o una Kraemer. Para Olivier, Laurent, Mikael, Sandra y Alain, la acogida ya da el tono de la casa. Quien quiera definirlo sin reducirlo, también deberá hacer intervenir el rigor a la hora de seleccionar los objetos, un cierto gusto en la visión de un mundo muy francés, engastado entre 1680 y 1790, una inclinación por la originalidad, sin olvidar la rareza, su firma; porque, al abastecerse poco de las subastas, y lo más a menudo de los particulares, incluso encontrándolos un poco por doquier en Europa o en Estados Unidos, sus muebles han frecuentado bien poco el mercado.

Hay que llamar y empujar un portalón pesado, sin necesidad de haber sacado cita previamente, aunque la dirección sea algo confidencial. Justo una placa en la fachada en la que las letras que componen su apellido, sin ningún gravado adicional, se abstienen de todo brillo. Contra toda expectativa, está abierto al público. Tanto el profesional como el aficionado saben que serán acogidos. Es una experiencia la de cotejarse con gente de experiencia, sobre todo cuando éstos han tomado suficiente distancia como para presentarse como una “almoneda de lujo”; y es cierto que estos anticuarios tienen tal apego a la fibra dinástica que aseguran una presencia constante de la familia en estos lares y por ende, entre sus muebles, por así decir en su jugo, prontos a desenvainar el destornillador o la antorcha para cerciorarse de que todo, hasta el más mínimo bronce cincelado y dorado, es bien de época y no ha padecido los ultrajes de una mala reparación.

Chez Kraemer

El lugar tranquiliza por ser confortable, suficientemente retirado para dar al visitante la ilusión de estar fuera del mundo, en un jardín del XVIII, colgado entra la calle y el parque. Pero no por ello estuvo al amparo de los sobresaltos del siglo: saqueado durante la Ocupación de Francia por los nazis, Raymond Kraemer, con la ayuda de su joven hijo Philippe, tuvo que volver a empezar de cero una vez la guerra acabada y lidiar durante años antes de reconstituir un fondo de calidad para volver a ser líder en su sector.

Kraemer es una de las pocas galerías de arte de la plaza de París que, desde hace mucho, ha entramado relaciones de confianza con los museos, relaciones lo suficientemente privilegiadas como para que éstos les compren cosas sin que les atraviese la duda en cuanto a la procedencia, o que las pidan prestadas para exposiciones. Porque los conservadores saben que estos merchantes nunca han sido indulgentes con los objetos. A cambio, la galería puede ufanarse de poseer un mobiliario y objetos de arte denominados de calidad de museos, expresión que no es ni vana ni gratuita por cuanto que se merece y sólo se adquiere con la prueba del tiempo.

¿Cómo muebles, objetos, tapices, lienzos de época consiguen ser fechados sin parecer anticuados? Un misterio que probablemente se deba al genio del lugar, fenómeno tanto más práctico que es inexplicable. Asimismo, bien difícil sería conseguir explicar por qué, a menudo, lo que es excepcional es bello.

Ciento cuarenta años han pasado desde que Lucien Kraemer se estableciera en París, tras haber dejado su Alsacia natal ocupada por los prusianos. La factura más antigua conservada en los archivos de la casa, a nombre del barón Gustave de Rothschild, data de 1895. Con el tiempo, los criterios de juicio (autenticidad, rareza, originalidad, encanto, belleza) transmitidos hasta la sexta generación, la actual joven guardia de la Casa, no han cambiado, ni tampoco la emoción al descubrir un objeto. Hoy en día, los jóvenes aficionados al arte, no dudan en incrustar un eco del siglo XVIII en una decoración contemporánea; convencidos por la modernidad de semejante mezcla, Kraemer les apoya hasta en sus paredes de exposición: ¿algunas boiseries no van pintadas con un gris acero Porsche?

Pierre Assouline, escritor

Desde hace más de un siglo, cantidad de muebles y objetos de arte del siglo XVIII han pasado por la galería Kraemer. Algunos están expuestos hoy en las colecciones de los mayores museos de Europa y de Estados Unidos: